Desaprender las líneas de mi razón
para pensar de nuevo como un niño
olvidarme (de mi) antes de morir
para sentir el pasmo de la vida
una vez más
recorrer (con mi dedo índice) los contornos de la cosas
memorizar sus rutas sin ser capaz de darles nombre (aún)
como ‘aquí bese a Paula por primera vez’
o ‘allí vi cómo la niebla desvanecía su espalda’
lavar mi voz para que suene
sólo con palabras nuevas
como una colada al fresco
en mitad de una pradera
olvidar
todos los rostros que tuve (que tuviste)
los que fueron o no fueron
o los que fueron sólo a medias
para luego
recrear
el primer beso
en aquél patio de estatuas
bajo la mirada profunda de Neptuno y su tridente
junto al olor de tu pelo
y el rumor cercano de la fuente
reconocer, finalmente
el amor
en un latido escondido
entre la grava y la hierba
en el corazón de aquellos dioses de piedra
que sonríen (serios)
desde su corazón de granito
ocultos entre la hiedra