Pocas veces me miro con atención al espejo pero, cuando lo hago, me cuesta reconocerme. Aún sigue en mí mente la imagen fresca de la juventud. La de aquellos años de mi faz morena, pelo oscuro, ojos grandes, con una estatura superior a la media y que además creía que podía comerme el mundo. Casi todos los rasgos a excepción de los ojos son de mi padre y de mi madre heredé el verdor de los ojos. A la altura de los años todo es distinto. Mi pelo es ahora escaso y blanco y tengo los ojos más reducidos y cansados. Hasta mi altura diría que es distinta. Los años pasan y me transforman. Las arrugas hacen mella en mi rostro y mi cuerpo se agota. No obstante, tengo muchas horas para meditar. Siento que mi vida ha pasado casi sin darme cuenta pero me gusta creer que mis manos no están del todo vacías y que queda algo en ellas que puedo ofrecer.
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La vida pasa, creció su sabiduría y su tesoro.
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Este texto me caló porque es honesto sin ser trágico. Mirarse al espejo y no reconocerse es un golpe que todos recibimos tarde o temprano.
Me quedo con el contraste: la “imagen fresca de la juventud” que aún vive en la mente, contra el pelo blanco, los ojos cansados y la altura que ya ni es la misma. El cuerpo traiciona, pero la cabeza se niega.
Y sin embargo el cierre no se rinde: “me gusta creer que mis manos no están del todo vacías”. No es resignación. Es dignidad. Los años te transforman, sí, pero no te anulan. Si queda algo en las manos para ofrecer, entonces todavía hay vida.
Es melancólico, pero no amargo. Es verse mayor y decidirse útil igual.
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