Cuando era pequeño, les pedía a los reyes magos una varita mágica. Con ella quería ayudar a otros niños que no tenían juguetes, zapatos y, en ocasiones, tampoco pan. Nunca llegó mi varita mágica, pero lo peor es que, después de muchos años, todavía hay niños sin juguetes, sin zapatos y sin pan. Ojalá algún día, sepa dónde está la varita mágica y con ella poder solucionar los problemas, sean propios o ajenos. Tengo observado que en muchas familias sobran cosas y faltan otras. En unas falta dinero, pero les sobra paciencia y comprensión, en otras hay dinero y trabajo, pero les falta la cordura necesaria para saber convivir. Hay personas que, sin ser malas, imponen su voluntad hasta tal punto que asfixian a los que están alrededor. Su intransigencia es absoluta y sólo su opinión es válida anulando, en lo que pueden, el sentir de los demás. Solo la varita mágica puede ayudar, pero, ¿ dónde está la varita mágica…?
Me llevaste a la infancia. Momentos mágicos, que por desgracia ya no vuelven. Buen relato, David.
Saludos,
La intención es la que cuenta. Muy tierno y bonito relato. Felicidades
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Muchas gracias Hortensia por leerme. Sí, son tiempos que ya no volverán. Un beso.
Muchas gracias Sinmi por seguir mis escritos. Un beso.
Un deseo de infancia que sigue vigente, quizá todos los hemos tenido algún día. La varita mágica no llegó, pero la conciencia de la desigualdad sí. Lo que sobra en unas casas, falta en otras. Lo que falta en muchas, es empatía y equilibrio. La verdadera varita mágica es la capacidad de compartir, escuchar y convivir con cordura. Tal vez la varita esté en nosotros, esperando a que la descubramos
Apreciado Edgart, como siempre muchas gracias por leerme y sí, tengo que darte la razón en todas tus observaciones. Un abrazo.