Imagen ChatGPT • El camino del esfuerzo y la recompensa
La tiranía de la excelencia
Fernando Giraldo de Andrés
29/03/2026
La infancia en un campo de entrenamiento
La fatiga emocional nos conduce a sentimientos autodestructivos. Desde que nacemos, nuestros padres, influenciados por una forma de educar heredada de sus propios progenitores, condicionan nuestra niñez mediante la comparación (“El mío come de todo. ¿Tu bebé sigue con purés?”) y mediante una educación hiperexigente en la que la excelencia se considera indiscutible. No dudan en usar la herramienta del miedo, dejando claro que no ser el número uno es señal de derrota.
Byung-Chul Han, filósofo surcoreano y ensayista, nos advierte de que:
“La sociedad del rendimiento produce depresivos y fracasados”.
Bajo la premisa de que desean lo mejor para nosotros, ahuyentan nuestro derecho a la exploración, a elegir nuestras propias metas y a disponer de nuestro tiempo como si les perteneciera. Asimismo, limitan nuestra facultad de pensar de forma autónoma.
Nuestros primeros pasos dejan pronto de transitar espacios de juego para correr en un campo de entrenamiento, limitando la vida social y el desarrollo infantil.
La paternidad competitiva ha mercantilizado la infancia. Hemos sustituido el juego por el entrenamiento y el asombro por la productividad, saturando sus agendas de destrezas para un futuro incierto, mientras les grabamos el mensaje de que hagan lo que hagan, nunca es suficiente.
Esta exigencia constante fuerza a los jóvenes a una metamorfosis perpetua en un entorno ambiguo. Los mensajes de un mundo dominado por la competencia los asfixian, privándolos del tiempo necesario para ejercer el pensamiento crítico.
Adaptarse a los cambios permite sobrellevar una realidad que aparece y desaparece sin contar con nosotros. Permanecer a la escucha puede librarnos de quienes dicen tener todas las respuestas y ayudarnos a juzgar con equidad lo aprendido por imposición.
Las clases extraescolares y el deporte no son negativos en sí mismos, pero cuando se llevan al extremo de considerar el tiempo libre como un fracaso, algo falla: los triunfos no garantizan la felicidad.
Jean-Jacques Rousseau:
“La infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir”.
La presión por superar siempre a los demás nos vuelve vanidosos e incapaces de disfrutar de los momentos felices, llevándonos a crear obstáculos donde no existen.
Santiago Ramón y Cajal ya nos advirtió:
“La vanidad nos persigue hasta en el lecho de la muerte. La soportamos con entereza porque deseamos superar su terrible grandeza y cautivar la admiración de los espectadores”.
Síntomas sociales
El miedo nace del resentimiento de no poder mantenerse en la cima y del sonrojo que produce saberse vulnerable. El perfeccionista busca un entorno sin incertidumbre; al no encontrarlo, se ahoga en su propia sombra y descarga su frustración hacia quienes considera superiores.
Jiddu Krishnamurti:
“La comparación es el comienzo de toda infelicidad”.
La exigencia constante afecta la forma en que nos relacionamos con la familia y los amigos. La falta de empatía y de alegría abona el terreno perfecto para la envidia, que termina dando paso al rencor.
Friedrich Nietzsche señalaba que el resentido, al no poder triunfar, rumia hacia adentro y se vuelve moralmente esclavo:
“Nada en la tierra consume a un hombre más rápidamente que la pasión del resentimiento”.
El costo de la excelencia
Desde pequeños vivimos condicionados a cumplir expectativas para ser reconocidos como valiosos. De forma simplista, creemos que el éxito depende solo de nuestras capacidades intelectuales, ignorando la capacidad de aprendizaje que surge al levantarse después de cada caída; ahí realmente reside la esencia del verdadero éxito.
La superioridad se parapeta tras una puerta en cuyo dintel se lee “rencor”, ocultando un sufrimiento que no logra olvidar.
Ángeles Mastretta:
“Donde hay rencor hay recuerdos”.
La seguridad que debería ofrecer una sociedad moderna se ha resquebrajado, generando miedos y frustraciones que dificultan la innovación y la contribución al bienestar colectivo.
Cada vez más jóvenes sufren ansiedad, insomnio, depresión y resentimiento, dirigiendo su propia imagen contra sí mismos. Levantan un muro infranqueable y dibujan un paisaje de inseguridades que erosiona su interior, su entorno familiar y sus relaciones sociales.
Albert Einstein:
“No intentes convertirte en un hombre de éxito, sino en un hombre de valor.”
La libertad de no ser el mejor
Siempre nos ha acompañado la idea de que la grandeza consiste en llegar más lejos que los demás. Sin embargo, renunciar a vivir una vida con libertad nos aleja del verdadero propósito: vivirla.
Michel de Montaigne:
“La mayor cosa del mundo es saber pertenecerse a uno mismo”.
Tal vez la excelencia no consista en destacar, sino en no extraviarse en el camino.
