Puede que nadie responda.
Que detrás de cada estrella
solo exista otra distancia,
y detrás de cada distancia,
la noche ensanchándose
sin encontrar a quién decirle
que también ella está sola.
Puede que seamos
el único lugar del universo
donde la materia recuerda,
donde el polvo aprende un nombre
y levanta los ojos
para preguntar de dónde viene.
Entonces no seríamos pequeños.
En nosotros cabrían
las galaxias que no veremos,
los soles que murieron
antes de que alguien pudiera contemplarlos,
la luz que todavía viaja
hacia unos ojos inexistentes.
Todo estaría aquí:
el primer miedo,
la música,
las manos que se buscan,
el animal que sueña,
la palabra pronunciada
contra la oscuridad.
Y cuando uno de nosotros
se quedara a solas
en una habitación vacía,
no conocería aún
la verdadera soledad:
todavía tendría su memoria,
sus muertos,
las voces que lo habitan,
la secreta multitud
que respira dentro de su cuerpo.
La soledad absoluta
sería este universo interminable
con una sola conciencia encendida.
Nosotros.
Una lámpara frágil
en medio de lo inconmensurable,
preguntando si alguien más
contempla la misma noche.
Puede que nadie responda.
Pero mientras podamos preguntarlo,
el universo no estará vacío:
somos la soledad
que aprendió a pronunciarse.