La salamandra en el espejo

Aquel viernes que Juan Luis regresó de la escuela, nunca se imaginó que en la puerta de su casa, encontraría una salamandra. Colocó su morral en el suelo, caminó con extrema decisión y procedió a intentar agarrarla. Desde que era muy niño le atrajeron los animales, -esa era su pasión-. Al verse perseguido por el joven, el pequeño anfibio salió corriendo hacia el interior de la casa. Juan Luis se decidió entrar, para ello tomó rápidamente su morral y cuando accedió al lugar, levantó la mirada hacia la pared que se encontraba enfrente, -la que estaba al lado del mueble principal-. Para su sorpresa, vio como el espejo se movía de izquierda a derecha, -en un movimiento pendular-, casi armónico, como si hubiese un temblor.

La curiosidad de Juan Luis, quien era un mozalbete de catorce años, hizo que caminara con cierto recelo hacia adelante. En su cerebro se generaban una serie de dudas completamente razonables. Por lo cual, se hizo introspectivamente tres preguntas que tratarían de dar respuesta a la perplejidad del momento: ¿Acaso el movimiento del espejo pudo haber sido provocado por la salamandra?, ¿es el cansancio de tantos días de trabajo escolar que trastocan un poco mis sentidos?, o ¿es que estoy alucinando? -se dijo dentro de sí-.

El frio en su cuerpo, un erizamiento capilar y un pequeño dejo de sudor en sus manos fueron los primeros síntomas de temor y miedo que tuvo Juan Luis. Pero un sonido que comenzó siendo leve y que paulatinamente se iba haciendo más fuerte, hizo que girara su cabeza intempestivamente hacia la pared de atrás. Su desconcierto fue mayúsculo, cuando logró ver la cabeza del acuático animal moviéndose detrás de un pequeño espejo, que se encontraba adornando esta parte de sala. En ese momento, el sonido se estaba tornando insoportable. La salamandra, que había visto en la pared se había cambiado de lugar, pero no lo hizo sola, sino que trasladaba entre su boca un pedazo de espejo, que por medio de un mordisco había separado del espejo más grande.

Al pasar los minutos, la salamandra se había duplicado, ya no era una, sino eran cuatro anfibios de idénticas proporciones. Sin embargo, lo más extraño era que también los espejos se multiplicaban, ahora eran ocho. A todas estas, Juan Luis intentó tomar el teléfono que estaba encima de la mesa central, para tratar de llamar a sus padres, a sus abuelos o a algunos de sus compañeros de clases. No obstante, esta acción se hizo muy difícil e infructuosa, puesto que, los espejos distorsionaban las imágenes y no le permitían moverse con agilidad.

Los minutos transcurrían, como si fueran horas. Y lo peor del caso es que el ruido se hacía intenso y molesto; consecuentemente las salamandras comenzaron a cambiar de color, tomando colores que Juan Luis no había visto jamás. La incertidumbre era tal, que no podía distinguir de cual color era realmente cada una de ellas, así pues, aparecieron verdes que no eran verdes; azules muy diferentes a lo que se entiende por azul; rojas que se parecían más al violeta de la noche, que al bermejo real que tienen estos anfibios urodelos cuando se desplazan por sus parajes; amarillas que de tanto dentellar opacaban el espacio y en lugar de ello tornaban lúgubre el ambiente. Ahora bien, lo peor es que los espejos, crecían y se achicaban ante sus ojos, desfiguraban su imagen y le hacían acercarse y alejarse, como si estuviese en un barco a la deriva.

De pronto se calmó todo, los estrepitosos ruidos cesaron, las salamandras disminuyeron en número hasta quedar un solo ejemplar; pero los espejos continuaban multiplicándose. Juan Luis los veía por todos lados. Ya cuando se hacía de noche, ya no eran ocho, sino un número incontable de espejos. Pero la confusión se hizo grande cuando el atribulado joven, escuchó la voz de su abuelo Miguel, que en ese preciso día estaba cumpliendo noventa y tres años. Juan Luis pudo darse cuenta que la voz de su ancestro, salía a través del espejo que había mordido la salamandra.

El tiempo transcurría impasible. Cuando se hizo más tarde, las salamandras volvieron a aparecer, pero ya no eran de colores, todas se habían tornado negras y habían crecido desproporcionadamente, lo cual, hacía que no cupiesen en la sala. En ese preciso instante, el ruido volvía a hacerse presente, no obstante, esta vez más ensordecedor. Por otra parte, los espejos, comenzaron a resquebrajarse, lo que generó un ruido todavía mayor.

Más tarde, Juan Luis observó, que el teléfono -todavía se encontraba sobre la mesa central, a pesar de todo el desorden que se había producido-, se estaba convirtiendo en otra salamandra negra, que paulatinamente dejaba salir de su boca un murmullo que agrietaba todas las paredes. Durante ese periplo, Juan Luis intentó moverse hacia la puerta de salida de la casa, pero la gran salamandra negra no lo dejó salir, colocándole una de las patas delanteras en su hombro y con la larga cola envolviéndole los pies. A la par, sintió el frio del animal en su espalda.

Mientras que, en la pared de enfrente, en un pequeño trozo de vidrio, - lo que quedaba de un espejo-, aparecía la imagen de su nonagenario abuelo. Casi en el amanecer del nuevo día, pudo ver como del bigote de su ancestro, salían dos animalejos dotados de uñas tan afiladas, que parecían navajas recién amoladas. Esas dos salamandras, -cuyo génesis era el mostacho del anciano-, se tornaron agresivas, abrieron sus bocas como si fuesen fauces de leones heridos. De sus agrestes labios comenzó a salir una saliva gelatinosa de un olor fuerte y pestilente, que fue cubriendo lentamente la imagen del abuelo, hasta llegar a desaparecerla completamente.

Momentos después la saliva se fue cristalizando y tornando grisácea, con lo que cada animal se fue volviendo transparente. Con lo sucedido, Juan Luis percibió que la figura de su abuelo se había disipado para siempre. Lo acontecido le permitió darse cuenta, que en la trastienda de la noche únicamente quedaba la oscuridad, el frio y el olor a soledad.

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Ahh que relato más trepidante, ingenioso y muy envolvente, compañero!!