La piel de aquel eucalipto alojó
púdicas iniciales que invitaban
a parar el tiempo, que se antojó
labor noble para ellos, que se amaban.
El Arruillo, testigo, se enojó,
saltó el puente, a los árboles que estaban
cercanos, de raíces despojó.
Sin rumbo las promesas navegaban.
No hubo compasión, no hubo intransigencia.
La luz del estío trajo el invierno.
Fue desubicada la primavera.
Y así en ejercicio de connivencia,
tales fuerzas mandaron al infierno
el incipiente amor, o lo que fuera.
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