¡Oh, la afrenta de la sangre,
mi sed, la vida!
la peligrosa astucia de la dulzura
en los tórridos atardeceres,
en las noches agitadas,
en el lánguido amanecer.
Quiere preservarse de la emoción,
socavar la desilusión, ser
un transterrado del dolor.
¡Oh, el miedo del que huye,
oh, el exilio que persigue!
no se puede dejar de vivir
lo vivido.
Hay aguas que calman la sed,
hay fuentes cristalinas en algún lugar,
temblores que sacuden el manantial,
¡oh, la afrenta del goce, mi sed, la vida!