La historia de Khaled, el hombre que cambiará el mundo

Khaled no nació para ser pasajero.

Desde su primer paso llevaba en el pecho el estruendo de las grandes preguntas y miraba al mundo como si fuera un proyecto incompleto, a la espera de quien lo termine. No poseía nada excepto una mente que se negaba a someterse y un corazón que nunca aprendió a negociar.
Caminaba entre la gente, pero su espíritu habitaba un tiempo venidero.

Veía la injusticia y reflexionaba, veía el silencio y se enfurecía, y al ver el miedo decidía ser su opuesto. Lo llamaron soñador, sin saber que solo los soñadores cambian el rumbo de la historia.

Y en un instante que no planeó, ocurrió lo impensable.

No se enamoró de una mujer común, sino de una idea hecha presencia; de un amor que parecía una corona invisible y de una voz que pasaba como la luz sin pedir permiso. Era una princesa que no necesitaba palacio: bastaba con que caminara dentro de él para que el mundo se volviera patria.

No pronunció su nombre, porque hay nombres demasiado grandes para ser dichos.
Se conformó con llevarla en su silencio, en sus quiebras nobles y en su determinación de ser digno de ella, no de poseerla.

La amó como ama quien sabe que el amor no es posesión, sino responsabilidad.
No le pidió promesas; se las hizo a sí mismo: convertirse en un hombre tal que, si los días lo miraban, dijeran: este es.

Y cuando la noche se volvió pesada, cuando la duda lo cercó y quedó solo frente a un mundo obstinado, pronunció palabras que no fueron discurso ni confesión, sino destino recitado:
«No le pido al mundo que me comprenda,
sino que me abra el camino.

Si caigo, me levantaré con mi pensamiento;
y si todos me abandonan, me bastará no haberme traicionado.
Cambiaré este mundo no porque sea el más fuerte,

sino porque me negué a ser pequeño».
Luego siguió su camino…
como quien sabe que la historia no escribe los nombres de los indecisos,
y que algunas historias no terminan: apenas comienzan.

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