Un sentimiento aborrecible ha poseído mis sentidos, y sin afán de ironía, los ciegos y sordos tienen cierta dicha al no presenciar los límites de la crueldad humana, por lo menos, no lo palpan en su totalidad.
Mi conciencia está enferma, y las papilas gustativas del alma perdieron su sabor, hay una luz allí afuera que anuncia un nuevo amanecer, y las cosas siguen igual.
La vida es naturalmente fúnebre y los desesperantes aullidos de los inocentes me hacen recordar que la vida en si misma está enferma, y las tenues velas que decoran los rezos también están enfermas, porque la amarga realidad apacigua toda esperanza.
Los síntomas son irreversibles cuando se pierde la inocencia, cuando se sale del seno materno, cuando somos expulsados del vientre.