Hacía ocho años que había regresado de Guatemala, cuando varios periódicos nacionales e internacionales dieron la siguiente noticia: (Véase en la Hemerotecas de el País, ABC y Prensa Libre de Guatemala)
El 31 de enero de 1980, en pleno conflicto armado, un grupo de campesinos y estudiantes universitarios tomó la Embajada de España para protestar contra la represión que sufrían en Quiché por el Ejército.
El 31 de enero de 1980, un grupo de personas ocupó pacíficamente la embajada, después de haber ido al Congreso y no ser escuchados. Buscaban denunciar las malas condiciones laborales. También las masacres y represión que sufrían sus comunidades (Chajul, Cotzal, Nebaj, San Pablo el Baldío y Uspantán) a manos del Ejército y las patrullas de autodefensa civil.
La respuesta del Estado fue brutal: las fuerzas de seguridad rodearon la embajada, que fue incendiada con 39 personas adentro. Entre las víctimas estaban campesinos del Comité de Unidad Campesina, líderes indígenas de Quiché, diplomáticos españoles y estudiantes universitarios.**
La policía cortó el paso a los bombero y tras varios minutos de tensión, el edificio fue consumido por el fuego. 37 personas murieron**
Entre los fallecidos estaban:
- Vicente Menchú, padre de la Nobel de la Paz Rigoberta Menchú.
- Funcionarios españoles como el cónsul Jaime Ruiz del Árbol.
- Ex-altos cargos guatemaltecos que se encontraban de visita.
…
OTRO ECHO:
Los catequistas “ayudaban a los campesinos a recuperar las tierras que injustamente les habían robado y que les pertenecían por sus antepasados”, agregó el prelado
Bianchetti resaltando el caso del menor Juan Barrera Méndez, conocido como ‘Juanito’, asesinado en 1980.
“Juanito fue torturado el día que lo capturaron en una incursión del Ejército en su comunidad y le cortaron hasta las plantas de los pies. Luego, lo pusieron a caminar a la orilla del río. Él se mantuvo firme, testimoniando con su vida, con su sangre. Fue colgado en un árbol y le dispararon”, relató el prelado.
Aquí pongo el final de una historia terrible que no puedo olvidar