La descomposición de la penumbra

Temía tanto que su vida fuera un fracaso que nunca emprendía acción alguna que pudiera justificar su existencia. No por falta de deseo, sino por el miedo a no ser capaz de cumplir su propósito.

Pensaba que los seres humanos estaban en el planeta —aunque de manera transitoria— para realizar una misión personal, tan íntima que nada externo podía oscurecerla ni desviarla. Pero eso no significaba que todos fueran capaces de encontrarla dentro de sí. Había demasiados caminos y, al mismo tiempo, demasiado ruido. El horizonte se volvía confuso, inestable.

Los vacíos y los agujeros negros de la conciencia se disimulaban con destreza en la vida cotidiana. Así, resultaba difícil diseñar una misión afirmativa, convincente, tanto frente a los otros como frente a uno mismo. Tener claridad no era lo mismo que saber llegar.

Para armar el banquete no bastaba conocer los ingredientes: había que combinarlos, aceptar el riesgo del fuego. Él le tenía miedo a la cocina. Los calderos lo asustaban.

Así que observó cómo los ingredientes se descomponían sobre la mesa, uno a uno. Cuando al fin comprendió que eso también era una forma de fracaso, ya no había nada que cocinar.

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La paradoja del indeciso: temía tanto fracasar que fracasó antes de empezar. Creía en la misión personal, pero el miedo a no encontrarla lo inmovilizó. Al final, no cocinar fue su forma de cocinar el fracaso.

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Es una invitación incómoda pero necesaria a “aceptar el riesgo del fuego” antes de que el tiempo decida por nosotros.

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