Imagen Gemini google
Fernando Giraldo de Andrés
24/05/2026
La cuneta
La imagen que James proyectaba al mundo era visiblemente desgastada. Su postura encorvada delataba heridas que le corroían las entrañas. Sufría de insomnio crónico y, cuando el cansancio cerraba sus ojos, las sombras alimentaban sus pesadillas.
Al mirarse al espejo no le preocupaba la pobreza extrema que contemplaba. Era un superviviente de la Gran Depresión de los años treinta y se enorgullecía de ello: desesperación, polvo, hambre, violencia… Por todo ello ya había pasado. Por sus venas corría diésel y, cuando le hicieran la autopsia —pensaba—, encontrarían sus pulmones impregnados con el polvo de mil ciudades y pueblos.
Los magos de la época no actuaban en grandes teatros. Compartían el día a día con tragasables, mujeres barbudas, escapistas, contorsionistas y mal llamados monstruos de feria; gente que, al igual que él, malvendía su talento o mostraba sus malformaciones por unas monedas o un simple plato de comida. No era raro que la entrada se pagara con un saco de patatas, frascos de conservas, huevos o gallinas.
Muchos mentalistas y magos de la época no solo obtenían sus ingresos de la taquilla; el verdadero negocio estaba en la venta de amuletos de la suerte y aceites milagrosos. Se aprovechaban de la desesperación colectiva para sacarles hasta el último centavo.
James “El Gran Beltrame” hacía tiempo que se había quedado en una cuneta. Ahora solo era una imagen oscura y distorsionada de sí mismo. Después de un largo trago de whisky, arrojó sobre el camastro las escasas monedas del día y comenzó a contarlas una a una, como si el metal en sus manos pudiera aliviarle el alma.
Las barracas de feria, el olor a aserrín húmedo y a palomitas rancias le devolvían una película nocturna de sus años “gloriosos”.
Incapaz de dejar atrás sus propios demonios, cepillaba cada día un frac lleno de remiendos, ya fuera por costumbre o por necesidad de conservar la cordura. La tela olía a tabaco muerto, pero él seguía tratándola como si fuera nueva. Sus dedos artríticos habían perdido la habilidad de otros tiempos y los naipes caían una y otra vez al suelo cada vez que intentaba ejecutar su número estrella.
Practicaba frente a un público inexistente, esperando que el viejo amuleto que llevaba consigo obrara un milagro. En sus oídos aún resonaba la perorata exagerada que el pregonero gritaba con voz persuasiva a la entrada de la carpa:
—¡El Gran Beltrame les asombrará…!
El agotamiento moral lo arrastraba a compartir habitaciones cargadas de olor a tabaco barato e improvisar refugios provisorios que solo le recordaban que caminaba en círculos. En su cabeza todavía permanecían los aplausos… la feria.
—¡Yo soy El Gran Beltrame! – gritaba mientras lo empujaban.
—Deja de alborotar, viejo… Fuera.
—El Gran Beltrame ha actuado en los mejores teatros del país: el Palace Theatre, el Chicago Theatre, incluso en el Winter Garden Theatre… —mentía, hasta el punto de creerse sus propias historias.
Aquella noche sus ojos se llenaron de lágrimas. Lo habían echado a patadas de la feria; nadie lo recordaba ya. Para todos era solo un vagabundo, un embaucador, un viejo que olía a tabaco reutilizado y a whisky barato.
Las luces de la feria hacía rato que se habían apagado y los primeros remolques comenzaban a marcharse. Nunca tuvo un hogar. Solo fue humo bajo una carpa remendada. Sacó las cartas que guardaba celosamente y las dejó caer sobre el asfalto.
Luego comenzó a andar, imaginándose sobre uno de aquellos remolques que se alejaban dejando tras de sí solo una estela de polvo y olor a diésel.
Unos días después, la policía encontró un cuerpo a un lado de la carretera, abandonado a la intemperie. No llevaba documentación, por lo que fue etiquetado como desconocido.
