La casa y el eco

En una casa todo vuelve. La voz vuelve. El miedo vuelve. La misma frase, dicha para calmarse, regresa con otra cara.

Uno cree que pelea su batalla como quien ordena un cuarto: dobla la ropa del día, barre el polvo de la memoria, apaga la luz a tiempo. Pero afuera existen guerras que no preguntan por puertas ni horarios. Y entonces sucede: no te buscan, no te señalan, no te eligen; simplemente te alcanzan. Sos el golpe de rebote. El daño que sobra.

Imaginá un avión. Si cae sobre la acera y te arranca del mundo en plena calle, sos víctima directa: el azar te tomó de frente. Pero si cae sobre tu casa y te encuentra adentro —en tu vida mínima, en tu taza, en tu silencio, en esa paz que parecía firme— entonces morís por estar en tu sitio, por habitar tu propia escena. Es una manera cruel de recordarnos que el hogar no es escudo: es coordenada.

Al final, directos o colaterales, todos terminamos debajo de algo. La diferencia es un papel que firma el lenguaje para no temblar. Pero hay una trampa peor que el accidente: convertirse en víctima como identidad. Porque una cosa es sangrar; otra es instalarse en la herida. Victimizarse es vivir en exilio interior: la casa sigue ahí, pero ya no te pertenece.

Por eso “contarlo todo” no siempre es hablar. A veces es solo hacer ruido para no escuchar. Es encender la voz como quien enciende la radio en la madrugada: no por música, sino por compañía. Y la casa, que lo guarda todo, responde: te devuelve el sonido con eco, te devuelve tu propia sintaxis como un cuarto vacío que repite sin comprender. Entonces no hablás: sonorizás. No decís: te convencés.

Hay que escribir. Escribir es poner el eco en papel para que deje de gobernar la habitación. Las palabras dichas se las lleva el viento; las escritas se quedan como pared: sostienen, delimitan, permiten apoyar la espalda. Una frase escrita no es un consuelo: es una estructura.

Y aun así… lo sabemos: nada continúa como promete. La línea recta es un mito que inventó el cansancio. La vida no avanza: se curva, se interrumpe, recomienza. Lo único que podemos hacer es construir montañas con lo que somos capaces de nombrar: preservarlas, subirlas cuando haya fuerza, ensanchar sus cimas con cada línea que no mienta.

Y, en medio de la calma, dejar una brasa: una frase quieta, casi doméstica, para que cuando vuelva la noche, no sea el eco quien hable primero.

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