Jaula

Oculta entre los cerros del Elqui aguarda ella. En esa casona, la vieja casona. Él demora otra vez y ella sigue con el rostro imperturbable. Cómo las diucas y los tordos, sin músculos en la cara. Espera en el sillón roído por años de esperas, con las piernas cruzadas y la mirada de un ave de presa. Sus manos maltratadas, obligadas a mantener la calma, llenan de agua hirviendo una taza con una flor de lavanda que ya no tiñe.

Bebe de golpe y no arruga el ceño. Se levanta. Se asoma a la ventana de su cuarto y cruje el maderamen hinchado del piso. Mira por los hoyos de cigarro en la malla para zancudos, hoyos que apenas le permiten distinguir figuras borrosas, hoyos hechos por él para que no se sintiera tan encerrada.

Recorre a dos zancadas la habitación de su hijo. Observa cada rincón sin tocar nada. Las botellas vacias, los platos con moho, los restos de polvo blanco sobre la mesa. Nada, no toca nada. Solo toma una de las cajetillas del velador.

Vuelve a su cuarto y se deja caer otra vez en el sillón
Enciende un cigarro, otro, otro más, deja la caja de fósforos junto al cuchillo y fuma en silencio.

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Una narrativa asfixiante y magnífica.

Me ha impactado esa quietud de ave de presa en la protagonista; la descripción de su rostro ‘sin músculos’, como las diucas, transmite una frialdad que duele.