Hedor de humano

Es salir a la calle y se cuela por mi oído una voz de voces cosidas.
Dedos rectos, codos que astillan,
manos que restan y palmas malolientes.

Es pisar el rastro de mil suelas y desaparezco sin más.
Siento un calor electrizante que pica en el ego,
que enfría y fragmenta el aire en mi garganta.

Es mirar a mi sombra en la del otro y me derrumbo.
Y vuelvo a ahogarme en una niebla de hormonas agitadas
que huele a nervio chamuscado y sangre perfumada.

Y veo la tela de sus pieles,
el sudor entre sus muecas,
la hartura de sus bocas,
si se rascan por picor
o les pica su apariencia.
Veo el humo en sus cabezas,
sus risas fétidas,
tobillos cargando mundos y
ceños que se han fruncido a latigazos.

Veo la carne sosteniendo al hueso,
la imaginación construyendo el futuro,
el pájaro alzándose al vuelo
para no dejar que caiga el cielo.

Es abrir los ojos y se enciende en mí una lengua fantasma.
Se acaba mi diálogo interno,
se me enmudece el alma.

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