Vivir en la ciudad de la Esperanza, dicen algunos.
Pero pregunto yo: ¿esperanza de qué?
Tenemos miles y miles de santos, miles y miles de advocaciones,
y, sin embargo, la llaman Esperanza.
¿Por qué?
¿Acaso la hay para el enfermo?
¿Acaso para el pobre que mendiga en las esquinas de esta bendita ciudad?
¿Acaso para la familia humilde, como aquel que viste y calza en cada iglesia, y que no tiene ni para sostenerse?
¿En qué creemos?
Sinceramente, mis últimos advenimientos han sido para no creer y, mucho menos, en la esperanza.
Perdí algo que creía mío y realmente no lo era —como mi propia cabeza.
Perdí el corazón, desangrado en besos que nunca se quedaron y, con él, la fe en lo más sagrado.
Me arrebataste las ganas de vivir, aquello que prometiste que nunca más iba a suceder.
Me haces temblar solo con pensar en el roce de una mano que ya no encuentro.
¿En qué creemos?
¿Esa es la Esperanza?
Mientras divago entre estos pensamientos mundanos, me hallo cerca de ti; solo.
Como parece que me quieres durante este tiempo.
Veo la imagen que siempre he soñado:
un padre con sus tres hijas jugando.
Podría verme reflejado en él y, sería esperanza, pero no soy capaz de pensarlo siquiera, aunque lo nombre.
¿Qué será de mí?
¿Qué será de este poeta perdido entre bosques de azucenas negras y espinas de rosal tan afiladas como los clavos que a tu cruz te clavaron?
¿Esperanza?
Sí…
Puede ser que, ahora que lo pienso, quede un resquicio de ese sueño.
Parece simple, pero es complejo hoy en día:
una mujer a la que adorar, mientras ella me adora a mí y, tres niñas, a las que poder querer con el amor de mil corazones.
Simple.
Complejo.
Esperanza.