Abrí las puertas de mi alma
creyendo que la verdad era un refugio,
pero algunos aprendieron
a convertir mis confesiones en heridas.
Les entregué mis silencios,
mis miedos,
las grietas que escondía del mundo,
y con ellas construyeron
las palabras que más dolieron.
Me pregunto si existe alguien
capaz de sostener un corazón ajeno
sin romperlo entre las manos,
sin disfrazar de cariño
la más fría de las hipocresías.
Quizá algún día llegue.
Quizá aún quede una persona
que mire mi fragilidad
como algo digno de cuidar
y no como un blanco fácil.
Hasta entonces,
las decepciones han sido maestras pacientes,
enseñándome que a veces
el precio de confiar
es perder un pedazo de uno mismo.