En los templos profanos

Cada cierto tiempo
regreso al poema,
escala obligada
donde he estado sin estar,
escuchándome de nuevo
donde me reconocí incompleto.

Y, sin embargo,
me vuelvo tolerante,
expectante,
deseando que me guste
o al menos me convenza,
que me confirme
y me valide,
bajo la hélice del agua,
batido por la insolencia
y el atrevimiento,
apoyado en nada,
confiando en la bondad del entusiasmo,
en la condescendencia del almendro
con su armadura de huracanes.

No me aguanto,
y mientras hago una pausa
nuevos caminos asoman sin destino,
otra estación del tren desemboca
en la inocencia de la tarde,
donde los pájaros convocan
la profecía
con que marcamos el tránsito
por los templos profanos,
donde palpita
la vida que nos falta,
flotando entre los silencios
y la luz que no vemos.

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