En los corazones del mundo

La sangre que te escribe se despoja de sus deseos,
para siempre del tiempo y del cuerpo.

Creí ser inmortal; al herirme no perdí las esperanzas, me volví más torpe aunque valiente. Y si eximí a la sequedad de una noche de bravura y soledad mis arrepentimientos, de nada sirvió, más que para envenenar el alma.

Si me detengo unos segundos y, perplejo, observo la inmensidad del cielo, es porque dichosas las estrellas que han perecido y muestran ante mí su brillo; y pienso que nada muere en los corazones del mundo, que convertidos en polvo jamás nos desharemos de nuestro hogar.

Y cuando debí confiar en la virtud de mi corazón, no volví, aunque quisiera regresar.

Pero muerto está aquel que deje de intentar encontrar en la vida una razón de ser o el amor en tiempos de penuria.

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