Allí, en el lavadero, como todos los días, las mujeres bajan con su tabla de lavar y sus cestos cargados de ropa. Cada una, en su puesto de costumbre, arrodillada y a su faena. Una por una, echan las prendas al agua y con su pastilla de jabón en la mano, la colocan sobre la tabla y, con fuerza y garbo, la frotan.
Charlan unas con otras, o todas con todas ─a veces se quitan la vez al hablar─, sobre el tiempo, las cosechas o algunas locuras del pasado; se preguntan por sus enfermos, reniegan de sus maridos, se quejan de sus hijos y se comentan los últimos chascarrillos de las cosas que suceden entre la gente del pueblo.
Según van terminando, cada cual, recoge sus cosas, carga con su cesto y se despide hasta la próxima.
Las lavanderas
charlan, ríen y cantan.
El Sol calienta.