Es poco lo que he visto,
no es tanto lo que oigo.
Es mucho lo que siento.
Y es nada, lo que creo.
Por la tardes ruge el viento
y hay olores de azafranes
sobre la rigidez del tiempo.
Al rojo vivo, cuece panes
un obrero que es ateo.
Y en el púlpito del templo,
el aroma del incienso estalla.
Por mi calle, baila el desempleo,
un terrible guaguancó,
que nunca calla.
Es suficiente lo que leo.
Y en los prismas de pantallas
es muy poco lo que veo.
Me conviene aprender
todo cuanto me enseñan.
Pero tampoco es necesario
que lo crea.
En flagrancia
las máquinas se adueñan
de la capacidad de pensamiento.
Mi mente torpemente deletrea
una oración que se ha tragado
la boca de tormenta en cada esquina.
¡Y ese infame guaguancó, que no termina!
Al dudar no tengo excusa.
Me desplazo en el zigzag de un titubeo.
( A decir verdad no llevo prisa)
Pues,
esa figura se ha detenido muchas veces
cada vez que coincide un punto en la ordenada,
con el eje su abscisa.
La historia ya está hecha.
Debidamente encriptada
en sarcófagos
que no son del todo neutros.
— Los Crematorios están llenos.—
Y en la llamarada atroz del fuego,
al rojo vivo
arde un guaguancó que no se quema.
Mi lenguaje entre rejas de silencio
aun blasfema.
¡Es muy poco lo que he visto!
pero me niego a ser el eco
de otra experiencia ajena.
Es muy triste lo que digo,
en función de lo que tristemente
siento, que es distinto a lo que pienso
que por obligación, implica un poco
lo que creo.
¿De lo que oigo?
De lo que puedo oír
cuando cesa la impunidad
en las máquinas
y el ruido de motores
al borde del silencio frena.
(En mis oídos queda)
el rumor inquebrantable de un
guaguancó;
¡qué siempre suena!