Regreso y me desvío,
extraviado entre alamedas,
confundido de huellas,
sin memoria, sin destino,
apenas un cúmulo
de pisadas disueltas
por el agua de los siglos,
donde ninguna certeza
resiste la sequía de los encuentros.
Hace tiempo,
como cosechas incompletas,
los encuentros dejaron de ocurrir sobre la tierra.
Fueron los ejércitos desnudos
los que causaron la guerra
y sus pérdidas elementales.
La última batalla la llevan los pájaros en sus picos;
los ángeles se disfrazan de obreros
y pierden sus alas para siempre.
Regreso hacia mí
y tropiezo en los espejos:
un fantasma hirsuto al descubierto,
como huésped inesperado;
sueños ajenos, irreconocibles,
historias confusas de una aventura vegetal
que las hormigas consumen en silencio.
Regreso diciéndome otros nombres,
entre sonidos enmudecidos de campanas
que ensordecen los oídos cavernosos
donde se refugian las gaviotas en invierno.
Curioso ante los amaneceres,
pero con la noche pesada sobre la espalda,
despliego oscuridad
a pesar del horizonte iluminado.