Título completo: Nihil, la vida de un enfermo con enfermedades heredadas de la nada: El único infierno que temo es en el que nieva.
Somnolientos amaños del sueño eterno
nacen en mi subconsciente con tintes perversos.
Empecé a escribir sin fundir por completo mis tormentos en texto,
dejé de disfrutar triturar mis cenizas de muerto.
Mi poesía dejó de poseer el hedor que me permitía, cual canino, seguirle el rastro al cuaderno;
Y ahora que he perdido el “olfato del poeta” no consigo vomitar mis letras.
Me hace falta esa sensación de repulsión que saborizaba a mis tormentos con miedo.
La poesía revolvía el estático lamento de mis adentros;
era capaz de sentir: de poder decir: “yo también siento”.
Y lo maldigo, maldigo mendigar tanto desde el infierno:
El único antojo de un hombre con corazón de hierro es morder la fruta prohibida del sentimiento.
La poesía fue mi victoria ante el sentir ajeno, me reveló el ritual que he de seguir para acercarme a ellos;
si la miel no es capaz de endulzar mi paladar seco, pues toca redoblar la apuesta e inyectarme veneno.
Fue así cómo descubrí con un pie al borde del puente a la poesía,
la vi masturbandose río abajo del precipicio a escondidas.
“Sentí algo”. Sí, sentí algo por primera vez en mi vida
y aquello sin saberlo fue nuestra primera cita.
No tardó en darse cuenta de mi presencia y no pareció molestarle;
de hecho, posaba muy osada incitándome a dibujarle.
Empezar a dibujarla con un pie al borde del puente se volvió en algo recurrente.
Nos hicimos cómplices cercanos, quizás demasiado,
al poco tiempo, se ofreció a ser el lienzo de los pecados que de mí había escuchado
e intimamos… e intimamos… e intimamos.
Desnudos el uno y el otro, nos mirábamos mientras nos masturbabamos.
Ella sabía de mí y yo de ella hasta su lunar más oculto: todas nuestras intimidades,
no había secretos, solo dos voyeur satisfaciendo los deseos de la carne.
Nos pusimos nombres el uno al otro:
Yo la llamaba: Necropoesía y ella a mí: Nihil, el poetastro.
De ahí salieron miles de necropoemas nihilistas
sucias perversiones, duras confesiones y cartas suicidas.
El yermo desolado en el que me había criado
de un momento a otro era todo un alboroto;
tormentos, sufrimiento, pudor y enojo eyaculaban ante un cuadro en blanco,
y el reflejo de su esperma me permitió verme el rostro.
Supe quien soy… NO… SUPE QUÉ SOY.
Supe que soy gasolina y mechero, y comprometido con la necropoesía: INCENDIO.
Tanta era mi ansia por los sentimientos,
que con tal de hallar calor era capaz de abrazar la brasa de un carbón ardiendo.
Lo que no sabía es que era capaz de fundirme con el mismísimo infierno,
y aquel cúmulo de decepciones, perversiones, enfados y tormentos que vertí en lienzo
me supo más dulce que la miel, que el sexo… que lo eterno.
Irónico, sí… pero fue mi ascenso al cielo.
Era todo lo que mi caprichoso deseo había fantaseado:
sentir la más mínima llama en este cuerpo por defecto invernando.
Desperté del sueño eterno componiendo en verso necropoemas perversos.
Abrí los ojos y pensé que nunca más volvería a cerrarlos… Puta madre… no debí cerrarlos.
Dejé de escribir a la par de sentir, de vivir,
duele volver a estar así.
¿De qué me sirve redactar poemas como este si no hay emoción que me enerve?
Solo hay deseos de muerte y no tengo fuerzas para hacerme el fuerte.
Vuelve a estar en la planta más baja del infierno esta alma en pena,
vuelvo a reírme de Dante y su maldita “Divina Comedia”.
No es el fuego lo que condena, ni lo que da forma al averno: lo que reina.
La verdad es que el único infierno que temo es en el que nieva.