El tiempo sobrante

Los relojes de mi barrio están sincronizados para el desacuerdo: tres latidos contra dos. Al amanecer, cuando el rápido deja de sonar, el lento insiste con dos campanadas extra que caen como piedras en un pozo. Son las seis. En ese desfase aprendí que no importa qué tan rápido corra mi sangre; al final, siempre habrá un reloj pausado dándome las horas que me negué a vivir.

5 Me gusta

Esa imagen del “reloj pausado” dándote las horas que te negaste a vivir es sencillamente brillante. ¡Enhorabuena por esta joya de prosa!

1 me gusta

Gracias @Fernando… un abrazo

1 me gusta