Hurgo en la nostalgia que se alimenta de los inviernos
que ya no existen,
—no hay lugar para débiles de corazón—
y bebo de sus infértiles aguas estancadas
que polinizan y parasitan la tarde.
Guardo el calor que no me pertenece
bajo techos que no absuelven.
Soy custodio de un féretro que no cierra,
la carcoma que viene de otra época,
un resorte sin engrasar
y el verdugo que tira de la cuerda.
Soy una carta sin remitente,
una bestia que devora el rastro que dejan los sueños.
Soy prisionero de las ausencias que me ahogan,
un océano de serpientes que me arrastran de vuelta a casa.
Fernando Giraldo
Imagen generada por ChatGPT • El corazón en la penumbra.
La escenografía poética en este poema crece con el ruido y se expande sobre anhedonia de los débiles que se repliegan ante el paso del féretro de la bestia. Las imágenes tienen potencia y autonomía, efectivamente, lo que no se dice hace más ruido que el mismo silencio. Aplausos.
Muchísimas gracias por tu lectura tan atenta y lúcida. Me alegra mucho que hayas percibido esa expansión de la escenografía y el peso de lo no dicho; a veces el silencio es el grito más fuerte en el papel.
Muy hermoso y profundo poema.
“No hay lugar para débiles de corazón” me atravesó; es una verdad que pesa reconocer.
Las imágenes que creas son tan vívidas que casi se pueden tocar: ese féretro que no cierra, la carta sin remitente, el océano de serpientes…
Todo construye una atmósfera que se siente en la piel.
Gracias por compartir algo tan intenso.
Siempre hay ruidos que nos hurgan por dentro y nos trastornan, pero nuestra caverna interior tiene algo que sirve de cámara de resonancia y en este momento has sido capaz de expresarlo en tu poesía.