Cerca y lejos encuentro la creencia de la sapiencia. Mi creencia camina sin mapa, se basta con sentir. Mi sapiencia va despacio: duda, pregunta, se cae y vuelve a mirar. Entre ellas hay un puente llamado experiencia y otro más frágil llamado humildad.
Pregunté de qué color es el río de mi vida. Me respondí: cristal. Porque cuando el río es cristal puedo ver el fondo, las piedras que me cortaron y las que me sostuvieron. Lo digo con sapiencia, no con deseo. Es mi testimonio.
Y el sabor del agua cristalina es pura y dulce natural. Pura porque ya no carga culpas ajenas. Dulce porque no me engaña ni me castiga. Natural porque no le puse azúcar ni veneno: me sabe a verdad.
Flotar en aguas cristalinas es rendirme sin hundirme. Es dejar que mi peso se disuelva y el río me sostenga. Ahí, de pronto, me brota el llanto. No porque duela, aunque duela. Brota porque el agua me tocó donde ni yo me atrevía.
Lloro por sapiencia. Es el llanto del que entendió. Del que miró atrás y vio las veces que el río era cristalino y yo insistía en enturbiarlo. Ese llanto no me pesa, me limpia. No me rompe, me riega.
Es la dádiva divina que no necesita recompensa. Brota como la lluvia, como el río, sin pedirme nada a cambio. Es gracia. Y la gracia no me pasa la mano para recibir.
Por eso, de hinojos, lloro de nuevo. De hinojos no es mi derrota: es reconocer la corriente. Es decirle al río “me superas, y te agradezco”. De hinojos el agua me llega más cerca del corazón.
Y el río no me pide que me levante todavía. Solo que respire.