EL PETEN Guatemala ( 1968 )

Sin escuchar los consejos de los nativos, que sabían más que yo, quise conocer mí aguante ante lo desconocido. Al poco de llegar a Guatemala le pedí al P. Jaime, sacerdote amigo mío, que me acompañara en su viejo Land Rover hasta las ruinas de Tikal, a partir de allí, seguiría solo en la selva de El Petén sin más compañía que un machete, unas cajas de cerillas, y una bolsa con tamales. Me complació, pero advirtiendo que lo hacía contra su voluntad. Los primeros días fueron fáciles, pero lo difícil empezó cuando dejé atrás las bellas ruinas de Tikal. Cuando más entraba en lo desconocido hasta el silencio me parecía ruidoso. Aprendí que, sabiendo escuchar, podría prevenir muchos contratiempos, y así llegué a conocer, aún sin verlas, el suave deslizar de las serpientes que en demasía abundaban. Generalmente a la luz del sol el peligro era casi inexistente, pero la situación se endurecía cuando el anochecer avanzaba. La mejor opción era buscar un hueco, o una pequeña cueva, en cuya entrada encendía algunas hogueras con el ramaje seco que abundaba. Cuando más oscura era la noche mejor se divisaban en la distancia los ojos brillantes de algún jaguar que, junto a sus rugidos, me ponían los pelos de punta. Sí, pasé mucho miedo. Había lugares que, al iniciarse el amanecer, me despertaban los gritos de los monos que saltando de rama en rama buscaban su alimento. Aprendí de ellos que ciertas hojas y flores eran comestibles, y les imité, ya que los tamales que había llevado duraron pocos días. Nunca me he arrepentido de aquella experiencia que duró veintisiete días, y de las grandes bellezas regaladas por la Naturaleza. Sus grandes árboles, sus altas montañas que parecían besar a los cielos, la belleza de sus flores, el colorido de sus pájaros, en suma, allí estaba el cuadro pintado por la mano del Ser.

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