Para amarte he nacido, hijo del invierno y sus tormentas, de baja estatura como los duendes de una leyenda desconocida. Corazón de animal coloquial, poeta menor entre los enanos, roncador estruendoso a medianoche, con la luz apagada y los cimientos de la habitación comprometidos. El tipo delgado en las fotos del colegio, estudiante notorio entre los demás, al menos eso le dicen y se lo cree. El perfecto imperfecto: las dos caras de la moneda, el virtuoso y el otro, el que vive y respira, el que desea y también el que sufre.
Ella reposa desnuda bajo las sábanas dándome la espalda; yo floto sobre la cama, boca arriba, buscando gatos invisibles en la oscuridad. Tan lejano como inmediato, ajeno a la carne fría de mujer que se conforma con poco y prefiere dormir. Un extraño confundido por los aromas que quedan como testimonio del encuentro.
—Ya no escribiré más poesía —me dijo antes de acostarnos, mientras preparábamos un té en la cocina.
Miraba hacia el piso; su tono determinado no dejaba duda.
—Siento que ya no tengo nada que decir —añadió—. Me interesan otros trabajos a partir de la escritura, pero ya no más poesía.
Cambiamos de tema. Ambos sabíamos que cuando no se siente la necesidad de hacerlo, cuando hay que forzar las puertas del misterio, se liberan demonios inconvenientes. Hay que saber cultivar la voz, pero también reconocer cuándo es mejor dejarla guardar silencio.
Esa noche, entre el vapor del té y la resignación compartida, ella dijo adiós a la poesía como quien entrega la llave de su alma. Yo observé cómo la llama bajo la tetera vacilaba un instante, luego se apagó, dejando en el aire un leve olor a metal caliente.
Tengo el tipo de rostro que la gente suele confundir con otros rostros que les resultan familiares. Tal vez porque todos somos reflejos de una misma nostalgia.
Las mujeres beben de los espejos como ciervos sedientos.
Y yo, el perfecto imperfecto, sigo buscándome en su sed.
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