Dicen que uno nunca pierde por amar, y si pierdes… bueno, mínimo te consuelas diciendo que no fuiste tú. Aunque, como se comenta por ahí, en realidad los dos pierden, pero tú más. Te queda entonces ese eco rencoroso que a veces es lo único que sostiene el orgullo: «Porque nadie te amará como te amé yo, pero yo sí amaré a alguien como te amé a ti».
Es increíble, pero amar transforma a un hombre. Lo vuelve poeta de madrugada, material sensible para gente destrozada, lo arrastra a una buena playlist, a frases dignas de un estado de Facebook y a un máster en escribirle a la ausencia. Al final, el amor no se mide en ganar, sino en cuánto aprendiste… antes de darle «bloquear» con toda la dignidad posible.
El personaje de esta historia se encontraba atado. A un recuerdo, a una persona, o a ese mensaje que nunca llegó pero al que él le dio mil significados. Su silencio y su rechazo eran pistas claras para rendirse, pero no lo hizo; porque hay rechazos que no apagan, sino que empoderan… u obsesionan. Da lo mismo, el punto es que encienden la esperanza. O eso quería creer él, porque suena mejor que admitir la necedad.
Descubrió que algunas ataduras son como abrazos que calman, pero otras son como jeans apretados: ya no te sirven, te asfixian, te marcan la piel… pero ahí sigues, poniéndotelos «por si acaso un día te quedan bien otra vez». Le daba pena tirarlos, no por nostalgia, sino por miedo a verlos pudriéndose en un basurero emocional, junto a otro desecho sentimental, y pensar: «¿Y si tan solo lo adaptara y lo remendara?».
Al hacerlo, postergaba otras rutas, otros besos, otros sueños de esos amores valientes y con propósito, donde dos corazones no solo se desean, sino que se entienden, se cuidan y se encuentran. En otra realidad, ellos podrían haber montado una cafetería de amor con olor a café recién hecho y sin tanto drama, con el dulce sabor de la tierra de ella en Avenida Italia con Santa Isabel; habrían criado gatos con nombres de poetas: Neruda, Benedetti, Cortázar… o esos poetas de otoño que nadie lee y que jamás vendieron un libro.
Pero no.
Él seguía ahí, esperando, tomándose un café frío de la calle Meiggs y una sopaipilla desabrida, sin mostaza, como quien ya no quiere ilusionarse pero sigue con hambre. Estaba pegado a un «tal vez», a un «pudo ser», como un sticker mal pegado en un diario viejo que ni pega ni decora, pero igual lo dejas ahí, por si algún día lo miras y te convence de volver a ilusionarte, o por si sirve para otra cosa.
¿Está mal? ¿Está bien? Qué dirá el juicio de la gente. Qué dirá el gran juez de la vida: el tiempo. Porque no es como comenzamos, es cómo terminamos. Todo depende de la resistencia, de lo que estés dispuesto a perder o a ganar. Depende de la fortaleza. Quizás los golpes de la vida a algunos los han vuelto más persistentes; todo depende del WiFi emocional que tengas y de cuánto puedas cargar sin colapsar.
Cualquiera le diría que ya basta, que a ese libro ya es hora de ponerle un punto final, porque no se pueden escribir mil páginas sin escribir una conclusión; que quizás sea hora de cambiar el libro por completo. Tampoco es justo invitar a alguien a tu vida cuando tu mente todavía hace zooms cinematográficos, como esperando la última escena postcréditos que te dé pistas del recuerdo de alguien más, editando mentalmente la imagen con banda sonora y todo… aunque la heroína ya sea parte de otra movie de amor.
Tal vez la respuesta estaba en rendirse un poquito. No por debilidad, sino por respeto. Conformarse no es rendirse, es decir: «Este amor que viví fue tan narcótico e indoloro, pero nocivo, cancerígeno para mi corazón bonito que creyó en un amor puro… pero con secretos. Y necesito tiempo para soltarlo sin extrañarlo».
Pero ¿cómo no extrañarlo si aparecía como la lluvia, a veces de otoño, a veces de primavera? ¿Cómo no volver a sentir algo si se presentaba como los sábados, como el noticiero de las ocho, como la selfie nueva en Instagram, como el olor a café de la mañana, como la salsa clásica en la radio, como la pregunta clave de la terapeuta, como el primer pensamiento del día y el último recuerdo de la noche? De verdad le habría gustado que ella fuera como el cometa Halley: que vuelva en noventa años, cuando él ya fuera un libro viejo en los estantes de una biblioteca escolar.
Porque aunque sanes, siempre habrá una calle con su nombre, una serie romántica con su acento, un perfume que se meta como ninja a tus pulmones o una canción que arruine tu día… o lo salve.
¡Y eso también es amor! El que no se olvida, pero no estorba. El que dolió, pero te hizo más tú. El que sacó versos de tus heridas, los mejores poemas de otoño; esos que nadie lee, pero que algún día serán materia de estudio de terapeutas y mentores, un manual de emergencia para corazones rotos que explique que, a veces, perder es una forma elegante de amar.
Y quién sabe —en el fondo, quizás muy al fondo— donde ni ella misma se atrevía a bucear, vivía ese deseo secreto que no quería nombrar: «No me olvides». Aunque con sus gestos, rechazos y silencios le firmara cada día un clarísimo: «No te quiero».
A pesar de todo, ella lo dejaba ahí, escribiéndole en silencio. Se sentaba como quien va a la función estelar con su snack en la mano, esperando disfrutar la tragedia del poeta mendigo que aún la nombra. Como si verlo arrastrado le sirviera de espejo o de maquillaje emocional. Le gustaba saberse centro, trono, galaxia. Y a quién no… ser la reina de un universo que no mantiene, aunque ya ni se siente en el trono.
Y mientras el poeta se arrastraba, tal vez ella flotaba, disfrutando esa sobredosis de ego.
Hasta que un día —sin previo aviso— con su snack a medio comer, la mirada brillosa y una lágrima mal escondida, ella verá un giro en la historia. Sentirá una punzada en el pecho, un nudo en el alma. No sabrá si es nostalgia… o solo una indigestión emocional al verlo partir. Al verlo amar a otra, sin arrastrarse.
Y ahí, justo ahí, el poeta juraba que ella no sabrá si lo que siente es felicidad o esa punzada tonta que no se cura ni con té de hierbas, ni con bloqueos, ni con baneos mentales.
Eso, tal vez, le daría a él por fin la inspiración necesaria para escribir un último poema: el triste poema del adiós que nunca publicará.