El hito (microrrelato)

La piedra era oblonga, y se mantenía en pie por alguna feliz conjunción de las leyes de rozamiento y gravedad. Su superficie era en su mayoría pulida, sólo algo irregular en la base. Tal vez esta característica participaba en su verticalidad. Era blanca con motas amarillas, y cerca de la parte superior, más puntiaguda, había unas extrañas marcas casi imperceptibles: dos líneas perfectamente paralelas y una tercera algo más alargada que las cruzaba en diagonal. Alrededor de la piedra no había nada. A vista de pájaro, en cincuenta kilómetros a la redonda, tampoco era posible distinguir nada… Era un páramo vacío, un desierto de polvo estático. Si algún ser hubiese podido situarse junto a la piedra y empezar a caminar durante siglos y no detenerse nunca hasta volver a encontrarse con la misma piedra, tampoco habría encontrado nada, sin importar qué dirección tomase o cuántas veces repitiese la operación.

Sólo polvo, quietud, y aquella minúscula señal erguida, que era a la vez inicio y fin de cualquier otra cosa.

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