Cada noche el demonio me llama en susurros
por mi nombre,
y yo me alejo de mí mismo,
de puntillas…,
desatando con manos temblorosas -por miedo-
los nudos que atan
mi espíritu marchito
a la oscuridad.
El destino es una manzana podrida cercada de espinas
que salta del miedo a la calma
en un grito reencarnado
de cicatrices abiertas,
despertando recuerdos
que nadie desea volver a pisar,
un laberinto de emociones.
Oculto el flujo -negro hollín-
que de mi corazón emerge
con rabia hambrienta,
devolviéndome al cauce de una verdad
que no sabe mentir.
Hago de mis versos llaves
capaces de abrir
las puertas
que una vez golpearon mi nariz.
Mi verbo
incapaz de sanar,
mantiene una herida abierta
que se niega a callar.
El tiempo es un depredador sin rostro,
un reloj sin hogar,
un diálogo sin palabras,
un pasatiempo mortal.
Fernando Giraldo
Imagen generada por ChatGPT: El laberinto de sombras y sangre.
A veces estamos tan ensimismados que no dejamos que la herida sane y nos acostumbramos al dolor y a vivir en las sombras, pero al despertar reconocenos la verdadera realidad y solo asi podemos salir de ese circulo del dolor que nos aturde. Muy profundo y bello poema. Saludos cordiales.
Muchas gracias por tus palabras y por profundizar de esa manera en mis versos. Tienes mucha razón: a veces el dolor se vuelve un refugio conocido y nos olvidamos de que afuera sigue habiendo luz.
El destino, siempre es un laberinto…cada paso que damos, nos perdemos por sus pasadizos oscuros…
Pero muchas veces, al final de ese túnel, está la claridad…
Excelente y reflexivo poema, Fernando!
¡Muchas gracias por tus palabras! Es verdad, a veces el laberinto asusta, pero son esos mismos pasadizos los que nos enseñan a valorar la luz cuando finalmente la alcanzamos.
¡Un fuerte abrazo y que tengas un domingo luminoso!