En la calle aún quedaban restos de la última contienda electoral.
Junto al colegio, un cartel:
“PRIORIDAD NACIONAL”, en letras grandes.
Por desgracia, los niños lo entendieron.
Ese día rodearon a mi hijo en el patio. Cuatro contra uno.
—Tú no eres de aquí.
—Tú no cuentas.
—Vete a tu país.
Primero empujones. Luego risas. Luego el golpe.
Ocho años, y ya sabía lo que era quedarse solo.
Al llegar a casa no lloraba fuerte. Lloraba hacia dentro.
—Mamá… ¿yo soy menos?
Miré su cara, sus manos pequeñas,
y pensé en esas palabras demasiado grandes
para cuerpos tan pequeños.
Porque a veces no hace falta explicar nada.
Basta con repetirlo lo suficiente
para que incluso los niños aprendan
a quién dejar de querer.