Tormentos y voces fantasmas digieren razonamientos que matan,
incrustan golpes en mi subconsciente, me atragantan,
como si el galope del caballo del apocalipsis se diera con una cuerda atada a mi garganta.
Se llevan mi concepción del alma y, con ello, las esperanzas en el mañana.
También me arrebataron de las manos
las llaves de acceso al pasado: mi libertad;
la monotonía desgastó la sorpresa,
Y sin ella, el presente se solidificó, piedra pulida a la fuerza,
sin resistencia, contra su voluntad.
¿No es el cuadro el ser más desgraciado?,
desde que es concebido queda atado a una sola imagen,
condenado a su cualidad perenne.
Persiste inmóvil toda su triste vida
y solo encuentra su libertad el día de su muerte.
¿No es el arte el vil reflejo de una cárcel?
Independientemente del brillo con que unas rejas refulgen
una prisión es una prisión.
Y de ser así, no es solo para “la obra” su demiurgo —el artista— su derrota,
sino, también, su sentencia.
Nacen confeccionadas como maldición,
fijadas a una forma irrevocable,
y solo se liberan
cuando el ojo que las creó y las sostuvo
finalmente se apaga:
muerte y salvación.
¿Y si todo lo infame se condensara en una sola entidad?
El ser más malvado -el artista- se fusionara con la miseria -la Obra-.
¿No sería la mayor abominación de la historia?
Tal vez entonces
todo lo que he escrito hasta ahora
sea redundancia superflua, miserable e insípida.
Si quieres conocerme, léeme.
Si quieres cambiarme, olvídame.
Porque no soy el artista.
Al final de cuentas,
Soy la obra.
Y la obra
nace maldita.