Donde esté la luna


Donde la luna falta

Oh, cómo mis ojos absorben, intensamente, los rayos solares.
Majestuosa imagen: estoy erguido sobre mis pies.
No se desprenden de la tierra los albas, los nuevos días, los monumentos.

Los héroes; he aquí un gran sol que parece estallar en los aires.
Una orquesta infinita, estruendosa, marca el ritmo de la escena… y levanto apenas los hombros, irguo la espalda, pienso en el amor.
Si esto no es el más puro sentir, nada lo es.

Me traslado sin moverme. Retomo la pluma como si, en la acción secreta del mundo, las hojas crepitaran y susurraran el rumor del mar en mis pies.
Qué serena puede ser la forma en que las aves se vuelven almas y los erizos, almohadas. ¿Qué sé yo de esas metamorfosis?

¿A cuántos lugares puede llevarme una puesta de sol?
Podría conducirme a la época antigua.

Un carruaje que esconde una luna dentro pasa a mi lado.
Breve.
No arde la curiosidad más que con el fuego del asombro.

No son los grandes adoquines —húmedos, tiznados de musgo— los que reclaman mi atención.
Es que a esta noche le falta la luna.

Las letras pueden llevarme donde quieran.
Una biblioteca infinita respira en esta vida y acaso también en su transición.

Estoy en una cabaña, en medio de un bosque espeso de pinos.
La penumbra es densa; el silencio, una materia.

Suena un tocadiscos. Al azar, una voz atraviesa la madera:

“Mirad, lejos… muy lejos, las semillas que hemos plantado; sombra serán para sus hijos. Y lo que ellos siembren sostendrá el porvenir.”

La tinta se agota.
El sueño desciende como otra forma de luz.
Y aun así, en algún rincón del mundo, alguien imagina en paz… y eso, también merecemos todos.

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