Doctor


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Fernando Giraldo de Andrés
30/05/2026

                                                                Doctor

Para sobrevivir a la verdad, hacía uso de la indiferencia; sin lástima, no había emociones vivas. El examen forense se había vuelto rutina. Su mente había aprendido a congelarse en cuanto tocaba el bisturí. Así, todo era aséptico: quizás demasiado quirúrgico.

Sus manos ya no temblaban; abrían el torso —fuera el de un joven o el de un anciano, qué importaba— y separaban las costillas con una precisión robótica. La mayoría de los corazones presentaban cicatrices irregulares dejadas producto del desgaste. Para él, un tórax abierto revelaba más sobre una persona que su propio rostro.

Sus ojos se habían aclimatado tanto a la luz del quirófano que veía el mundo como una morgue gigante, no como un lugar real. En una autopsia se extraen y pesan los órganos, y él trataba de hacer lo mismo con la vida, diseccionándola con la mirada.

La sociedad —pensaba— era una cadena de montaje bien engrasada. Las emociones habían sido sustituidas por ecos de cortesía, normas y silencios.

—Buenos días, doctor.
—Buenos días.
—Qué día más frío.
—Supongo.

A veces desaceleraba el paso al pasar frente a un escaparate. No por vanidad, sino para confirmar que su reflejo aún le pertenecía.

Se decía que la mayoría de la gente permanecía atrapada en una rutina fantasma sin darse cuenta. Cuando llegara el momento, se desplomarían igual que él lo haría cuando le llegara su turno.

La salida del metro era su observatorio favorito para hacer trabajo de campo. Las personas salían atropellándose por pura inercia. Al otro lado de la acera, una gran avenida vomitaba cuerpos cansados que drenaban sus vidas sobre el asfalto.

Los semáforos ordenaban el tráfico del rebaño. Todo era ruido y café recalentado. Desayunaban combustible, trabajaban hasta agotarse y dormían por mantenimiento.

—Buenas, doctor.
—Buenos días.
—¿Sigue con su estudio?
—Sí.
—¿Y qué pasaría si confirma que todos estamos muertos?
—Nada cambiaría.

Sin saber qué responder, se alejó.

Los semáforos ordenaban el tráfico del rebaño. Todo era ruido y café recalentado. Recargaban, producían hasta el límite y dormían por mantenimiento.

Le resultaba insoportable pensar que él también era un trabajador dormido, de pie. Al principio, sus piernas parecían correr; ahora avanzaban por pura costumbre.

Las conversaciones sobrevivían por costumbre.

—¿Cansado?
—Sí.
—¿Otra autopsia?
—Sí, de una joven.

Sus reflejos ya no eran los mismos. Cada día se aislaba más.

Una noche, después de una larga jornada, se sirvió café y se sentó junto a un compañero que, tiempo atrás, había muerto en un accidente de moto.

—¿No hace frío? —le preguntó el doctor.
—Supongo.

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Es un relato frío, preciso, sin temblor en las manos. Y justo por eso duele: te muestra lo fácil que es volverse rutina fantasma sin darse cuenta.

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Muchas gracias por leerlo con tanta atención y por devolvérmelo con una mirada tan profunda.

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