Hora pico: el día se agota. El tráfico hierve; bocinas impacientes, motos filtrándose, buses que exhalan cansancio. Salgo al videoclub por dos películas piratas y la promo con palomitas dulces: refugio nocturno asegurado.
El viento trae olor a aceite quemado: en la ventanilla del puesto de enyucados la fila no perdona. Día de pago. La gente se come “un mientras tanto” antes de llegar a casa. No veo planes de cena elegante; veo arepas para llevar, chorrito de grasa incluido, y ese gesto de bondad romántica al entregar el paquete: “Aquí le traigo, para las monchis”.
En la esquina, sorpresa: una floristería repleta adentro y afuera. Es día de pago y vísperas de aniversario para muchas parejas. Me acerco. Los floreros están casi vacíos; vienen refuerzos desde Heredia. El ramo estrella: tres rosas y dos girasoles en papel pastel con lazo discreto. Jóvenes profesionales, adultos mayores, mujeres hermosas: todos abrazan sus ramos como bebés recién nacidos y se pierden entre carros y prisa. Más tarde, cualquier lugar será un buen altar para entregar el ramo y una tarjeta con un poema de Jaime Sabines, el más cursi de los grandes románticos mexicanos.
Esta noche, en muchas casas, el aroma de las flores se mezclará con el sudor de sus habitantes y con las memorias familiares atrapadas en los retratos que adornan la sala. Mañana, color y aroma disputarán la atención durante un rato. Pasado mañana quizá coronen los basureros: la Ciudad de las Flores tiene sentido del humor. Los pétalos cubrirán esos basureros donde la ciudad se deshace de los simbolismos pasajeros.
Entre el enyucado y el girasol, el barrio recuerda que el amor hace fila: cabe en una bolsa grasosa y en cinco flores.