No encuentro paz en la hondonada.
Se va, se va.
Veo ojos ocultos entre el pinar,
sollozan sus cándidas voces,
y figuras quiméricas
caminan en la hierba:
punzadas magnates
avivan su andanza.
Corren, corren.
Una hoguera emerge,
huyen todos del humo
que mata con flechas de polvo.
Matan, matan.
Suena un gran estruendo,
alarma apocalíptica
bajada de cielos moribundos.
Muerte, muerte.
Más voces se acumulan,
más gritos resuenan en el pastizal,
más figuras quiméricas
ceden ante el humo infernal.
Viene, viene.
Todo se pudre.
Un viento me hala hacia el cielo
mientras se escucha la canción
de los heridos, ya moribundos.
No escucho,
caigo, suavemente,
en una lluvia que moja
cuerpos y sangre.
Me desvanezco,
poso la vencida mirada
entre nubes que huyen
quién sabe de qué.