Desde mi pequeña atalaya
clamo por la cordura del mundo.
Que estas palabras
atraviesen el muro de los oídos,
de ese hombre naranja,
y detengan de una vez,
la estupidez
de su juego macabro
con el fin del mundo.
Desde mi pequeña atalaya
le exijo:
que las palabras poderosas
arrasen otra vez
al odio,
que incendien
la estupidez,
que rompan
la locura,
que apaguen
la guerra.