Escribimos porque nos hemos roto la nariz
y no tenemos ningún lugar al que ir.
Antón P. Chéjov
Me enseñaste a no temer al destino,
a enfrentar el dolor con los ojos secos,
no rehuir al rival, disimular el miedo
y salvar con los puños la otra mejilla.
Así es que algunas veces me avergüenzo
de mi debilidad por escribir poemas
—y no tener valor para dejarlo—
como el alcohólico que templa el pulso
al roce del hielo contra los dientes,
o la sumisa que se muerde el labio
presintiendo el dolor
de la fusta que corta de un silbido el silencio.
Me enseñaste a encajar el vacío
escupiendo hasta la última gota de aire,
pero nunca aprendí a ahogar el grito
para no incomodar a mi mala conciencia.
(c) Joan Kunz