Debajo de mi piel atesoro tu sonrisa,
en mis labios guardo la caricia de los tuyos
y la turgencia de tus senos en mi pecho,
el brillo de tus ojos hipnotizó mi alma,
me hizo perderme en su verdor
haciendo chispear mi moribundo corazón,
hay una rosaleda que lleva a tu triángulo,
inmaculada cueva que invita al amor,
rojos vellos que semejan hoguera
de tacto fresco y suavidad infinita.
Debajo de mi piel vive tu recuerdo,
utopía de amante desdeñado,
oculto por una cortina de lluvia,
que mana de unos ojos tristes,
de un tiempo de cosecha,
en el que el fruto del amor madura
en el árbol de la memoria
que esconde los mayores tesoros,
los que son difíciles de encontrar.
Debajo de mi piel hay un altar,
construido en exclusiva para ti,
donde revolotean colibríes
que liban la esencia de tu aroma a vainilla
y me la acercan cada noche en mis sueños,
para intentar acercarme a la felicidad,
esa en la que los ruiseñores trinan
y los jazmines blancos engalanan
el jardín de tu infinita belleza.
Debajo de mi piel escondo mi amor por ti,
para que no te lo digan las estrellas,
esas que de noche escuchan mi llanto
en la oscuridad de mi sencilla soledad,
cuando vuelan las golondrinas al sur
escapando del temor a perderte,
al igual que las mariposas primaverales
se pierden en el invierno que les es letal,
como lo es el desierto para la hierba.
Debajo de mi piel he vivido
la alegría y la tristeza.
Debajo de mi piel muero
cuando siento tu ausencia.