Me pone a elegir
entre la soga
y el precipicio.
La soga cede.
El abismo no tiene fondo.
Soy de trapo.
Me lanza contra la pared.
Caigo.
No me rompo.
Su madre lo llama.
El hilo de mi brazo
se queda en su mano.
Desde el suelo
miro la puerta
por donde se va
el niño
que jugaba conmigo.
Lo bueno de ser de trapo, es que con mucho trapo, nace la elegancia.
Otra ventaja es que después del golpe, sana la costura, sin necesidad de sirenas de ambulancia. Aplausos @Edgard