Salir al campo, adentrarse en la espesura de la naturaleza, entre senderos respirar aires renovados, hacerse con las fuentes sensoriales en cada paso, todo esto es un todo bien placentero. Aunque puede llegar a existir algunos elementos dentro de la naturalidad del lugar que se interpongan en el camino, ya sea en forma de una piedra, o el mismo zumbar de un insecto, o tropezar con un tronco caído y seco o quizá encontrarse con una rama de un árbol, sin embargo y sin ánimo de tentar a la suerte, alguno de estos obstáculos podrían ser sorteados o quizás no.
Lo que pudo ser una mañana como cualquier otra de senderista, se convirtió en la ruta ‘donde Antonio cayó’, y es que este sin quererlo ni comerlo, morder el polvo no mordió pero enterró los dientes en la tierra, cuando la rama de aquél fornido árbol, que llevaba décadas dando sombra al lugar, atrajo el zambombazo de su cabeza al aterrizar sobre ella, se podría decir que un grito y un golpetazo se hicieron eco en un instante, pero la verdad es que calaron en el valle eternamente, tal inmenso fue el susto que el resto de senderistas que disfrutabamos placenteramente del lugar, vomitamos el corazón, al ver a Antonio tirado junto al precipicio, yacía inmóvil, boca abajo, sin formular palabra. Todo ocurría donde la espesa frondosidad, tenía el verde como bandera adornado con el tinte de flores primaverales, tras de sí pequeñas y preciosas cascadas habitaban entre la maleza. ¡Qué momento vivimos! nuestros corazones batían sus alas y las cabezas mil vueltas daban, todo se presumía viéndole de aquella manera, hasta que al fin se movió, y mientras levantaba su joven cuerpo y se palpaba cada extremidad, esgrimió un ¡estoy abochornado! En ese momento regresaron al nido los corazones y las cabezas se asentaron sobre los hombros.
Exploramos su cuerpo para ver los daños que la caída le había propinado, parecía haber salido de la jaula de un lince, que digo lince, más bien de un tigre. Por suerte las heridas fueron leves, nada que no se pudiera curar con un antiséptico a base de yodo y analgésicos por gramos como remedio para la evasión del dolor.
En fin, podríamos habernos traído un haz de flores silvestres y un reportaje de la caída, pero no, portamos una hocicada bien florida, y un video previo al suceso con lo que no sabemos muy bien lo sucedido, todo lo que podamos decir son sólo un conjunto de hipótesis.
Salirse del sendero puede ser contraproducente, y en retrospectiva puedo decir que nos reímos recordando de qué manera tan tonta alguien puede arriesgar la vida.
Lo único que se me ocurriría decir al resto de los mortales, que quieran adentrarse por caminos y sendas es ¡por Dios! dirige tu mirada por donde pisas, pero también alza la testa.
Foto propia, Istán (Málaga)
