De donde las corrientes
ondulan los cabellos
y el blondo de sus fibras
se mece en los silencios.
De donde sopla tibia
la rosa de los vientos
y arroban las mejillas
los hálitos del céfiro.
De donde la caricia
fusiona con el cuerpo,
al tacto con la piel,
la candidez del beso.
De allá viene el suspiro,
del eco de un lamento,
de amores de otros mares,
de allá, de barlovento.