De Barcelona a Guatemala ( Año 1968 )

A mediados del año 1968 recibí en Barcelona la visita de un sacerdote amigo mío que, desde hacía varios años, estaba de misionero en Guatemala. Me habló de la miseria, enfermedades y necesidades que sufría el país guatemalteco. También me indicó que en la capital del país no se apreciaban las mismas necesidades, pero que éstas si eran muy profundas en los pueblos, las aldeas y para muchos seres que vivían esparcidos y abandonados a su suerte en las altas montañas. Me pidió que le ayudara durante un par de meses y que le organizara una pequeña farmacia con los medicamentos que recibía de Cáritas Española, así como de algunos laboratorios farmacéuticos que le enviaban muchas muestras sin coste alguno. Quedé sorprendido por su idea, ya que yo no sabía nada de farmacia ni como administrar medicamentos. No obstante, me convenció con sus explicaciones y decidí ayudarle. A los pocos días partió mi amigo nuevamente a Guatemala. Por mi parte tenía que resolver un problema al que no sabía verle la solución. Sí, tendría que improvisar. Decidí consultar con mi médico del que recibí muy buenos consejos y me dio un Vademécum. Un mes después embarqué en el mercante Comillas de la Compañía Trasatlántica . A mi llegada a Guatemala desembarqué en Puerto Barrios , donde cogí un destartalado taxi que me trasladó a la capital. Durante el viaje observé algunos poblados abandonados que llamaron mi atención. Le pregunté al taxista sobre ellos, pero todo fueron evasivas y no me concretó nada. El taxista me dejo frente al Hotel Florida, ya que era el lugar donde tenía que encontrarme con Jaime. Al poco rato entró mi amigo y, por supuesto, nos alegramos mucho de volvernos a ver. Entonces me contó que el país estaba lleno de guerrilleros y que habían enfermos y heridos por todas partes, especialmente en los poblados, o escondidos en las montañas. Le dije, ya sabes que no se de medicina, a lo que me contestó que donde íbamos tampoco había nadie que supiera y que hiciera lo que pudiera. He de confesar que sentí una gran impotencia. Al día siguiente, después de desayunar, partimos en un viejo Land Rover hacía el poblado de San Rafael Pie de la Cuesta donde Jaime tenía la misión. Fue un viaje de varias horas y llegamos al poblado cuando era de noche. Mi sorpresa fue cuando de repente apareció un grupo de militares que nos dieron el alto y nos hicieron bajar del “carro” como ellos lo llamaron apuntándonos con sus armas. El oficial que estaba al mando reconoció a Jaime y esto nos salvo. Había toque de queda y nadie podía salir de sus viviendas después de las diez de la noche. Fue para mi un momento muy duro pero ya no había marcha atrás.

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