CRÁNEOS
Un domingo
Un bar de Guinardó
Un lugar donde mueren los sueños,
o se emborrachan,
o se esnifan
Un baño olor a cuadra humana
Un viejo lleva una mortaja ceñida a su músculo. No importa, su hijo está a su lado, con el cráneo arrodillado ante el móvil. El cráneo del viejo también, pero ante la nada.
—¡Hola, Alberto!
—Hola, Juan.
—¿Paseándolo?
—Sí.
—¿Lo tienes en la residencia de La Cruz? Mi tía también está ahí.
—Sí. Buenas tardes.
—Adiós.
Es el vecino de Alberto. Nadie mira al piel de mortaja, Juan no le pregunta nada. Juan ni le mira. Juan es educado. Hasta Dios lo sabe: el viejo estaría mejor muerto.
Un perro tiene más caricias que un viejo
¿Nadie le va a regalar un suicidio al viejo?
Falleció cristianamente a los 98 años, dirán.
Yo digo que el viejo quiere un revólver. Para matar a su hijo antes de que su cráneo penda sobre el vacío. Yo también digo que el viejo quiere más balas. Quiere arrancar mortajas a quemarropa, en La Cruz. Rodarán cráneos sobre la ausencia de Palabra.
Así los viejos fallecerán. A secas. Mejor que los perros.