COLISIÓN
Me dirigí a la nueva tienda de víveres que habían abierto dos días antes al cruce de la calle donde vivo para comprar una caja de cigarrillos. Resulta que la dueña, una mujer casi de mi tamaño, de piel blanca, ancha de caderas, gruesa de trasero, dotada también de unos hermosos y grandes senos, de un rostros altivo y agraciado y de un sentido de la estética y del estilo, que no serían de extrañar tomando en cuenta la camioneta Toyota Land Cruiser blanca que conduce; me tiene hoy, pensándola sin sosiego.
En un principio no sabía nada de ella, solo sabía que esa mujer tan exuberante, sería el sueño de cualquier hombre.
Al subir las escaleras de local me percaté de que allí estaba ella, por un momento sentí que me arropaba una extraña sensación de timidez.
Ella me dijo: -Hola mi amor ¿Qué se te ofrece?-
Y yo le respondí buceándola a la vez: -Buenas tardes cariño, ¿Tienes caja de cigarrillos Vicerroy para que me des una?-
-Si mi vida, si tengo. A un dólar o al cambio por punto.-
-Bueno perfecto, me la das por punto por favor.- Le dije con una sonrisa como insinuándole otra cosa.
Cuando pasaba la tarjeta mientras me preguntaba los datos, noté sus finas y blancas manos de las que me sorprendió admirar el hecho de que a pesar de ser tan femeninas y sensibles fuesen del tamaño de las mías.
Al terminar la compra, la vi a los ojos y con una sonrisa nuevamente le dije: -Gracias-.
Ella en el mismo sentido me respondió: -A tu orden mi amor-.
Bajé las escaleras muy a gusto de la atención que había tenido para conmigo, pensando lo que es obvio: «¿Cómo sería tener a esa mujer tan grandota encima de uno? Lástima que los pelabolas (pobres) no tenga esa suerte.»
Al cabo de varios días, en la tienda que está al lado de la de ella, donde nos reunimos algunos de los muchachos de la zona para hablar de cualquier estupidez; a todos y cada uno de nosotros, se nos iba la baba cada vez que la veíamos pasar subiendo la mercancía ayudada de sus empleados. Yo aguardaba hasta el cierre para verla por última vez cada noche; ya que casi siempre ella cerraba antes que mi amigo el de la tienda de al lado.
Un día fui a la tienda de ella para comprar una harina de trigo y dos cigarrillos. Ella no se encontraba por ninguna parte, el que me atendió fue uno de sus empleados con el que a veces hablábamos cuando ella cerraba. Ya lo conocía de vista, de la zona. Él fue muy amable al atenderme y en vez de darme dos cigarrillos, me dio tres.
Le pregunté: -Hermano ¿Cómo se llama tu jefa?-
-¡¿Está bien buena verdad?! Se llama Claudia.-
Su nombre se soldó en mi mente como una lámina de acero.
-¡Si vale está divina! Gracias hermanito.-
-Dale apá si va.-
Hace poco me visitó un viejo culo (amorío) a la casa. Conversamos un rato, ella me hablaba de su última y fallida experiencia sexual y de otras tonterías más; yo no hacía caso a lo que decía, tan solo pensaba en Claudia.
Me dieron ganas de fumar y ella quería que le comprara algo rico; así que nada, salí con ella a ver que comprábamos y al cruce de la calle para dirigirme con ella a la tienda, vi la camioneta blanca en frente del local; sabía que Claudia estaba ahí.
Entré y la saludé sin pronunciar su nombre, que llevaba en mi mente grabado: -Hola cariño feliz tarde. Dame una caja de cigarrillos y unos bombones por favor-.
El empleado me había dicho el día anterior que ella andaba para la playa, y al verla ese día con la blusa negra de mallas con escote que le acentuaban sus broceados y ya grandes y perfectos senos, solo procuré ser lo más discreto posible, y ese solo segundo en el que la pude ver sin tapujos, se convirtió en toda una eternidad.
-Hola mi amor, claro que sí ya voy, son 1,5 de dólar mi vida.-
-Ok mi cielo, aquí está la tarjeta-.
En ese momento pasó mi papá por la tienda y al verme me preguntó si tenía cigarrillos.
Yo le dije que sí y bajé a darle uno. Él iba en compañía de un amigo.
Claudia saludó a mi papá: -Hola señor Ariel ya tengo dólares por si quiere comprar.-
Y él le dijo: -Hola Claudia ¿Cómo estás hija? Mañana paso en la tardecita por diez, me los tienes guardados.-
-Ok señor Ariel no se preocupe está bien.-
No sabía que mi papá le compraba dólares a ella, pero solo sé que a partir de ese momento pude comenzar a llamarla por su nombre y al despedirme le dije: -Chao Claudia muchas gracias.-
A los días estaba con los muchachos en la conversa, fumando y masticando mentas. Me acordé de que esa noche presentaban la pelea de boxeo que había esperado desde su anuncio hace 3 meses y quise comprar unas papitas y una cocacola y mi amigo lamentablemente no tenía en su tienda, así que opté por ir al local de al lado “casi que molesto”.
Ya estaban guardando los avisos y habían cerrado uno de los protectores, así que subí rápido y la saludé.
-Hola Claudia. ¿Ya cerraste?-
-Hola mi amor aun no, ¿Qué vas a querer?- Me dijo sonriendo.
Creo que era la primera vez que me quedaba solo con ella sin que estén presentes sus empleados o su mamá que se encontraban debajo de la tienda.
Le dije: -Dame unas papitas y una cocacola preciosa-
Ella al oírme decirle preciosa se ruborizó y con un tono bastante cercano, que de seguro le hacía vender más en su tienda me dijo: -Son cuatro dólares mi vida-
¡Hasta aquí llegué yo! No lo pude evitar, sabía que quizá, jamás tuviese algún chance con ella, pero algo tenía que hacer. Así que observé sus manos sin mesura y al ella percatarse de mi osadía le dije con un tono bastante pícaro y con los ojos bien abiertos: -¡Claudia no había notado que tienes las manos grandes!- Infiriendo cualquier tipo de utilidad estimulante o semejansa del tamaño de otra cosa.
Claudia se ruborizó aún más al igual que yo. Hizo su mano izquierda lentamente hacia mí para mostrármela y me preguntó con una carita de chica mala: -¿Tú dices? ¿Si son grandes verdad?-
Y recostando mi derecha de su izquierda con audacia, viéndola a los ojos solo dije: -Si, son grandes, así como toda tú.-
Y ella después de un suspiro profundo que me contagió al instante, mordió sus labios muy sutilmente con mi mano sobre la suya. En ese silencio que lo dijo todo mientras nos veíamos sin parpadear, oímos a su madre que la llamaba. Y separando nuestras manos después del efecto que tendrían dos supernovas en una colisión, sin decir una sola palabra ¡Nos despedimos con la mirada!
David Contreras