Son los años, inspectores de una ridícula curiosidad, que hurgan en la simplicidad: crueles, pero sé que tienen un deseo caprichoso.
Si muevo una ficha en el tablero, ¿cuál de todas no moveré, y cuál de todas habitará en mis ojos y pensamiento?
¿Cuál se llevará consigo la esperanza de un hombre, vagamente feliz, y en el juego perpetuo del azar y el tiempo se encuentre con los naufragios de la soledad…
Que no sea una indagación despiadada la que lo encuentre sumido en su sombra y figura; que de todas las formas perfectas es la intranquilidad, fierilla de antaño, cólera de los aquietados, la más singular.
Pues, allí, posado en el regazo de un árbol, se cuestiona:
—¿Dónde nace y persevera inmortal el tiempo de todos, la desdicha de perder a la dicha por inquisitivo?—
Los años, abro la ventana y dejo entrar a las aves que vienen y se van, tanto que pierdo de vista a las otras por observar el vuelo fugaz de una.
Los días, los ansío en la libertad, despojados de afán por conocer; no obstante: el tiempo es algo que no puedo observar, ni ansiar, esperar (una tortura antinatural), y ya que no puedo saber de él, pero él sí de mí, me resigno a seguirle el paso. De eso se encarga la muerte, la única capaz de ser un fiel esperante, y la única capaz de no poseer curiosidad, porque todo aquello que tome una vida, por consiguiente, no puede poseerla; es una sentencia a cumplir en tiempo y espacio.
Así que corre, si lo deseas, por los altos pastizales, montañas, mares; enamórate y enloquece de amor, que no sea tu último suspiro el del arrepentimiento de no mover la ficha que intuyas del tablero.
Quizás la rebeldía en estos tiempos de quietud y tempestades sea que, movido por el afán de descubrir, emprendas grandes aventuras.
Sé curioso, mi estimado/a.