Celda número cuatro

He dejado mi voz en el desierto
de aquella celda, en esa desolada
noche donde la vida se hizo nada;
y donde, cada día, sé que he muerto.

La evidencia del mundo, el desconcierto
del hombre frente al sueño, la gastada
memoria de otra tarde ensimismada,
en esta oscuridad donde despierto.

Todo tiene el color de la derrota.
La música del tiempo ya está rota;
apenas si un crujido de cadenas.

Dejé todo recuerdo detenido
en la amarga tristeza del olvido.
Se oye, lejano, un canto de sirenas.

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