Y así, sin más, sobre la loza plata
quedó fija la sangre derramada,
sin importar, cuántas veces lavaran
la sangre, simplemente regresaba… ¡Muerta la Reina dejó atrás su sangre!
Era cuestión de honor, de dignidad,
que se lava con gran habilidad,
con sangre de aquellos falsos gentiles,
no con agua, jabón, ni fregolines… ¡La Reina no parte, espera venganza!
Allí aguardó al caballero o la dama
de gran valor y elevada moral
que mil cabezas hizo, pues, rodar,
de traidores, impíos y canallas… ¡La Reina conoció a su justiciero!
Entonces, y sólo entonces la tierra
absorbió, al fin, la savia de sus venas,
su alma de pronto regó paz y amor
sobre el llamado “castillo de honor”… ¡La Reina calmada, la mancha borrada!
Aplausos para esta casida “lorquiana” de símbolos imponentes y majestuosos, donde la sangre se erige como reina en la raiz de lo que fue canto camellero (preislamico) —Aplausos, un gran aplauso.